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Opinión y Actualidad

El verano sin sobremesa

El consumo cayó un 10% en la Costa Atlántica. Es la consagración de un nuevo modelo: turismo de presencia, sin derroche. La temporada avanza, pero a los tirones.

30/01/2026

Por Diana Baccaro (*), en el diario Clarín

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Un día de enero como hoy, hace exactamente 15 años, la tapa de Clarín contaba la historia de Baltazar, un nene atropellado por un cuatriciclo en Pinamar. Su brazo izquierdo enyesado y la cara vendada conmovieron al país desde la cama de un hospital. Este verano, Bastián, en el mismo lugar, lucha por su vida tras otro choque. Porque aunque todo cambia en la Costa Atlántica -los precios, los destinos, los hábitos-, hay cosas que parecen no cambiar nunca: el descontrol en los médanos y la fragilidad de la infancia.

Tampoco cambia la Costa como termómetro de la salud social de la Argentina. Mirar qué pasa en las playas bonaerenses permite leer el humor, las expectativas y el bolsillo de la clase media. Y este verano ese termómetro marca señales de alerta, en un contexto donde se siente la contracción de los salarios y el recalentamiento inflacionario de los últimos meses.

Las imágenes que devuelve la playa, a primera vista, pueden confundir. Mar del Plata ronda una ocupación promedio del 70%, con picos de hasta 80% los fines de semana; Pinamar supera el 90%. Pero el consumo cayó un 10% en ambos lugares, según la Asociación Empresaria Hotelera y Gastronómica de Mar del Plata y la Asociación de Hoteles de Turismo de Pinamar. Los informes de CAME confirman un patrón de gasto más contenido y estadías más cortas, con impacto directo en el consumo general. Es la consagración de un nuevo modelo: turismo de presencia, sin derroche. O, directamente, sin sobremesa.

Guillermo Oliveto, uno de los principales analistas del consumo en la Argentina, lo sintetiza en una frase que ya funciona como diagnóstico: para el 70% de los argentinos, el mes termina el día 20. Esa asfixia financiera transformó a la histórica clase media en lo que define como “pobres intermitentes”. Familias que logran cruzar el peaje de Samborombón, pero que una vez en la arena deben elegir: pagar una carpa o salir a cenar. Teatro o helado. No hay margen para ambos.

Se quedan menos días -la estadía promedio no llega a las cuatro noches- y consumen menos, casi siempre con la heladerita a cuestas. En Mar del Plata, el productor teatral Carlos Rottemberg anticipa que la temporada cerrará con un 15% menos de espectadores. El dato dialoga con el movimiento en las rutas: durante la primera quincena de enero viajaron hacia la Costa unos 100 mil autos menos que en 2025.

El turismo joven sostiene buena parte de la ocupación. Grupos que alquilan departamentos para ocho personas, ajustan el gasto cotidiano al mínimo y concentran el presupuesto en experiencias puntuales. Una noche de fiesta electrónica puede costar 300 mil pesos; el resto del tiempo, se cocina en casa. La temporada, coinciden los operadores, no es un derrumbe, pero tampoco una celebración: avanza a los tirones. El último fin de semana, por caso, marcó el primer gran techo de un verano que venía difícil, traccionado en Mar del Plata por varios shows de primer nivel.

La decisión de viajar, además, se toma con la aplicación del clima en la mano: si está lindo, se va. De martes a jueves, según comprobó el corresponsal de Clarín, la ciudad se desinfla. El Ente Municipal de Turismo confirmó que ingresaron un 4,6% menos de turistas que el año pasado. A eso se suma que los registros de la billetera virtual Cuenta DNI muestran una caída de alrededor del 40% en las compras y que en Punta Mogotes el alquiler de carpas está un 20% por debajo del registrado en 2025.

El verano también exhibe una Argentina en dos velocidades. Mientras en la Costa se acortan las estadías, en Punta del Este se alargan. En enero viajaron allí un 10% más de argentinos -con fuerte presencia del interior, y bolsillos más flexibles-, de acuerdo con lo relevado por nuestro enviado.

Así, este fin de enero encuentra a la clase media -o a esos “pobres intermitentes”- volviendo a casa con la arena en las zapatillas y, en muchos casos, la tarjeta en rojo. Es el retrato de una sociedad que aprendió a gestionar la escasez.