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Opinión y Actualidad

Crítica de "Drive My Car"

Para chejovianos que amen más la vida que el desencanto.

04/02/2022

Por Sergi Sánchez
Para Fotogramas

'Trabajaremos para los otros, ahora y cuando seamos viejos, sin reposo, y cuando llegue el momento diremos que hemos sufrido, que hemos llorado, que todo ha sido difícil, y entonces el universo tendrá piedad de nosotros... y descansaremos. Des- cansaremos'. El devastador monólogo de Sonia al final del 'Tío Vania' de Chéjov se traduce, en 'Drive My Car', en una preciosa apología del gesto y el silencio que, de algún modo, destapa el secreto mejor guardado del cine de Ryûsuke Hamaguchi. El cineasta japonés nos sugiere que las apariencias engañan, que el suyo no solo es un cine de la palabra; que las palabras sirven, como en la obra del dramaturgo ruso, para ocultar lo que no se dice, para ilustrar esa acción indirecta tan chejoviana en la que el relato clásico es lo de menos, en la que lo importante se negocia entre las emociones y el cuerpo contenido de los personajes.

El arte como vacuna

No es extraño, pues, que la película utilice los ensayos de 'Tío Vania' como correlato paralelo a esa comunión de pérdidas, desamparo y empatía que se produce entre un director de escena y su chófer femenina. Que algunos de los actores de la troupe hablen distintos idiomas –incluso el de signos– refuerza esa idea de sinergia emocional que va más allá del lenguaje. El arte, sí, es la vacuna contra el solipsismo contemporáneo. En esa conexión entre lo real y lo representado, el director de la excelente 'La ruleta de la fortuna y la fantasía' encuentra la llave para abrir de par en par la opacidad de sus personajes, que se derrite gracias a la manera en que el tiempo erosiona sus corazas. Del mismo modo que 'Happy Hour' no podía durar menos de cinco horas, 'Drive My Car' no podría durar menos de tres: ¿cómo, si no, nacería esa intimidad del viaje en coche, recortada en un paisaje que se deja atrás una y otra vez, como un mantra que aleja los malos espíritus? A la prosa seca, transparente, de Murakami, Hamaguchi le corresponde con una sobriedad diáfana, en la que el tiempo que dedica a sus criaturas le ayuda a desplegar todo lo que en el relato original estaba concentrado. Su ampliación en el campo de batalla se traduce en la expansión de una cierta idea de melancolía, con la generosidad y calidez propias de un humanista que se abraza a la vida como la Sonia de Chéjov a su abnegación.