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Junio de 2021
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Opinión y Actualidad

Pandemia y conspiraciones: el COVID-19, un caso más en la historia de la humanidad

Con la llegada del coronavirus, la comprensión y el desentramado de las teorías conspirativas se volvió algo cotidiano. ¿Por qué estas hipótesis devenidas en afirmaciones atraen a grandes grupos de seguidores?

01/05/2021

*Por Gustavo Gorriz, director de DEF


Los Beatles jamás existieron. Elvis Presley fingió su propia muerte. La Tierra es plana y hueca. El hombre nunca llegó a la Luna. Bill Gates financió el origen del COVID-19.

Las llamadas “teorías conspirativas” abundan. Lejos de ser un fenómeno nuevo, han sido una constante durante, al menos, el último siglo. Son muchas las personas en el mundo que creen en una o más de ellas. Por lo general, aparecen en momentos de desesperación para la humanidad. Son utilizadas para referirse a teorías alternativas a la oficial y aportan una versión malintencionada, como si esas situaciones que acontecen en el mundo hubieran sido manipuladas por fuerzas poderosas. Con la llegada de la pandemia de COVID-19, la comprensión y el desentramado de las teorías conspirativas se volvió, de alguna manera, una tarea casi urgente. La pregunta obligada: ¿por qué estas hipótesis devenidas en afirmaciones, muchas veces disparatadas y sin ningún tipo de evidencia verificable, atraen a grandes grupos de seguidores?

El calentamiento global no existe. Las vacunas enferman. La Agencia Central de Inteligencia saboteó la central de Chernóbil y causó el accidente nuclear del 26 de abril de 1986.

La lista de teorías conspirativas que circulan es infinita. A pesar de la cantidad, todas comparten una certeza: “La historia oficial es una gran mentira”, dice un artículo que firma Benedict Carey para The New York Times. Suponen, también, la existencia de una “trama secreta”, la creencia de que “nada sucede por accidente” (porque todo está planeado) y de que siempre hay un individuo o grupo que debe ser considerado culpable. “En los extremos, estas teorías tienen caníbales y pedófilos satánicos, gente lagarto, disfrazada de líderes corporativos y celebridades, y durante 2020, científicos y gobiernos malvados que conspiraron para usar el COVID-19 para sus propios objetivos oscuros”, agrega Carey.

Si miramos hacia atrás, a lo largo de la historia, sobran ejemplos de teorías conspirativas que se pergeñaron en torno a enfermedades que azotaron a la población mundial. A modo solo de ejemplo, entre miles, cuando se desató la peste negra en Europa a mediados del siglo XIV (entre 1346 y 1353), se ignoraban por completo tanto sus causas como su tratamiento. Es más, según un recorrido que hace National Geographic, no se descubrió su origen (una zoonosis ocasionada por las ratas negras) hasta cinco siglos más tarde. Mientras tanto, y durante muchísimo tiempo, se tejieron un sinfín de especulaciones. Algunas, heredadas de la medicina clásica griega, atribuían el mal a los miasmas, es decir, a la contaminación del aire provocada por la emanación de materia orgánica en descomposición. Incluso, hubo quienes imaginaron que la peste podía tener un origen astrológico. También geológico, como producto de erupciones volcánicas que liberaban gases y efluvios tóxicos.

Otro caso es el sida; los primeros registros documentados de VIH fueron hace cuatro décadas, en 1981, más específicamente. Una de las teorías de la conspiración más populares creía que esta enfermedad era fruto de un castigo divino por la homosexualidad y las prácticas sexuales inmorales. Desde la peste negra hasta la gripe española, pasando por el virus del ébola hasta llegar al COVID-19, la historia se repite. Los momentos apocalípticos, o de crisis para la humanidad, suelen ser tierra fértil para sembrar todo tipo de relatos delirantes e incomprobables. En el fondo, hay quienes dicen que responden más a una necesidad emocional que racional. Una especie de pensamiento mágico para mitigar el miedo.

En la zona del Triángulo de las Bermudas, desaparecen barcos y aviones. Finlandia no existe. Las antenas de 5G están vinculadas con la propagación del virus SARS-CoV-2, que provoca el COVID-19.

Como sostiene el esquema de la comunicación, para que un mensaje sea transmitido, hacen falta un emisor y un receptor que compartan un mismo código. Es decir: para que cualquier teoría de la conspiración funcione, se necesita alguien que la genere y la difunda, y, por otro lado, alguien que crea en ella y la consuma. Una especie de “acuerdo tácito” al que el conocido intelectual israelí Yuval Noah Harari describe como la entrada a un “círculo íntimo exclusivo”. En sus palabras: “La llave maestra de la teoría de la Camarilla Mundial abre todos los misterios del mundo y me ofrece una entrada a un círculo íntimo exclusivo: el grupo de personas que entienden. Nos hace más inteligentes y sabios que la persona promedio; incluso, me eleva por encima de la élite intelectual y la clase gobernante: los profesores, los periodistas, los políticos. Veo lo que ellos omiten… o lo que intentan ocultar”.

Las creencias en teorías que no tienen sustento empírico abarcan a personas de toda condición social, económica o cultural, e incluso con presencia pública, que aparecen en los medios, con el infinito peligro que ello genera. El año pasado, por ejemplo, la cantante Madonna, aseguró, a través de sus redes sociales, que la vacuna contra el COVID-19 “existía, pero estaba escondida”. “La verdad nos hará libres. Ellos quieren alimentar el miedo para controlar a las personas, los ricos se hacen más ricos, los pobres más pobres y los enfermos más enfermos. Ya hay una vacuna pero no quieren dárnosla”, escribió la reina del Pop. Otro ejemplo gira en torno a QAnon: una teoría que comenzó a gestarse en 2017 y que fue sumando seguidores. Muchos de ellos fueron participantes del asalto al Capitolio de Estados Unidos, como Jake Angeli: el hombre semidesnudo, con la cara pintada y cuernos de búfalo. Según QAnon, el expresidente Donald Trump está librando una guerra secreta contra pedófilos de las élites del Gobierno, empresas y medios de comunicación de Estados Unidos que adoran a Satanás. “La gente adopta creencias conspiratorias porque se genera una especie de sensación de control, una narrativa interna, para encontrarle sentido a un mundo que parece no tenerlo”, sostuvo la psicóloga Shauna Bowes en la investigación que dirigió en Atlanta acerca de las personalidades que adhieren a estas teorías.

J. K. Rowling no existe. El tsunami de 2004 en el océano Índico podría haber sido causado por un experimento nuclear de la India. Nicolas Cage es un vampiro.

La llegada del COVID-19, sin embargo, instó a poner bajo la lupa a las teorías conspirativas. Es que la velocidad con la que se propagan las noticias falsas, que llegan a millones de personas a través de las redes sociales, puso en jaque a la salud pública y, de alguna manera, ese fue el límite. Tanto es así que la Organización Mundial de la Salud (OMS) creó un apartado en su página web para hacer frente a las fake news y para desmentir los rumores que fomenta la desinformación, que, a esta altura, ya podría considerarse la otra pandemia con la que debemos lidiar. No por nada, en 2016, Oxford Dictionary elige la “posverdad” como la palabra del año. Resta entonces preguntarse: ¿valen más los hechos que la opinión? Quizás el debate en torno a las teorías conspirativas sirva para reflexionar acerca de cómo y sobre qué base construimos nuestras creencias. ¿Buscamos la verdad o solo evidencia para apoyar nuestra postura?

Finalmente, caemos en una de las trampas más complejas que nos plantea el siglo XXI y que bien ejemplificó Marty Baron, hoy exdirector de The Washington Post y leyenda del periodismo mundial: “Mucha gente no busca estar informada, busca ser afirmada”. Esto, en tiempos casi apocalípticos como los actuales, invita a tomar el atajo más rápido que nos evite reflexionar y nos permita resolver en un santiamén lo que cientos de miles de científicos intentan develar para salir de este laberinto sin fin.

Deberemos tener infinita paciencia y suma tolerancia con los más débiles durante esta tormenta casi perfecta.