“Rebecca”, por Netflix: Si Hitchcock viviera...

Lily James y Armie Hammer protagonizan, 80 años después, la remake del thriller ganador del Oscar. Falta misterio y sobra vestuario.

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27/10/2020 -

Por Pablo O. Scholz

Algún día escribiremos sobre la inútil necesidad que sienten muchos productores por hacer remakes de películas que, aún con el paso del tiempo, mantienen su valor, no envejecen y son obras maestras, o casi.

Lily James y Armie Hammer no tienen la culpa. Bueno, no del todo. Ellos interpretan los papeles que Joan Fontaine y Laurence Olivier tuvieron hace 80 años en Rebecca, la película de Alfred Hitchcock ganadora del Oscar.

Uno de los pocos thrillers que se llevaron el reconocimiento de la Academia de Hollywood (como El silencio de los inocentes, o Sin lugar para los débiles), Rebecca se basó en la novela de Daphne du Maurier, exponente de la literatura gótica.


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Y Hitchcock, salvo pequeños cambios, mantuvo la esencia del libro. Una joven “dama de compañía” -la acción, en ambos filmes, transcurre a fines de los años ’30- conoce en Montecarlo a Maximilian de Winter, un aristócrata millonario, y queda embelesada. De Winter ha enviudado hace poco, y cuando le propone matrimonio ella no hace otra cosa que aceptar.

Todo va de maravillas, luna de miel en Europa incluida, pero cuando llega a Manderley, la mansión que “es mi vida”, en palabras del señor -que en la original le llevaba 20 años a su segunda esposa, cosa que no sucede en la película de Netflix-, la nueva Señora de Winter se encuentra con que “el fantasma” de Rebecca tiene una presencia que la ahoga día a día.

Rebecca era, en 1940, y es, en 2020, una película de fantasmas sin fantasmas. No es un filme de terror, porque no es que el espíritu de la mujer fallecida camine por las noches ni flote por el aire. Es el recuerdo de una mujer inolvidable, como rezaba el subtítulo de la película en su estreno en la Argentina, lo que se torna imbancable para la nueva Señora de Winter.

Cómo murió, en qué circunstancias, por qué Maxim no puede sacarse de la cabeza a Rebecca, y por qué Danvers, el ama de llaves, es tan cínica, arrogante y mala persona eran las bases sobre las que Hitchcock construyó su clásico.

El problema con la Rebecca modelo 2020 es que nada de esto preocupa al espectador mientras observa los interiores del palacete ni los cambios de vestuario de Lily James, o cómo le cae el traje de lino a Hammer.

Pero para quienes no vieron la original, claro, las diferencias no existen -el baile de disfraces es lo que más cambió, y desperdició el nuevo director- y no sentirán tanto el girl power que Ben Wheatley le insufló a la trama.


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No es que Wheatley se haya preocupado por aggiornar la trama o los personajes. Tampoco hizo lo que Gus Van Sant con Psicosis, que la copió casi plano por plano y le agregó sexo.

Es la indefinición lo que termina aburriendo.

El Maxim de Hammer parece menos abrumado que el de Olivier. Y no estamos hablando de calidad interpretativa. Pero a la que los vestidos le quedan demasiado grandes es a la actriz de Cenicienta (¿por eso la habrán llamado: la chica buena que salta de estrato social?) y Baby Driver.

Ya en la primera toma en que aparece hay algo que no va, que no cuadra. Luego, su Señora de Winter equiparará la inseguridad de su marido, pero para eso pasa mucho tiempo. Y no pasan muchas cosas. No hay casi misterio.

Tampoco Kristin Scott Thomas hace mucho más que poner rígido su rostro en el papel de Danvers. Nunca se sabe si son las marcaciones de los directores lo que hace que algunas actuaciones no “lleguen” al espectador, pero tememos que ésta es una de ellas.

OK, Judith Anderson estaba a la par de Olivier y Fontaine dirigida por Hitchcock.

Pero ésa era otra Rebecca, y ésta dista mucho de ser una película inolvidable.

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